Relato de un divorcio




Hoy os traemos un relato (Mujer y Divorcio) que nos ha impactado bastante.

Fuente: Mujer y Divorcio

divorcio

No se exactamente cuándo fue el primer día en que deseé que mi esposo se muriera. Así no más, el pensamiento llegó a mi mente como la contemplación de la felicidad posible, pero improbable, más que como la idea necrófila y abominable que momentos después la culpa me escupía a la cara.

Por supuesto, la idea nunca se elevó a plan ni mucho menos. No soy una asesina. Pero sí confieso, desde lo más recóndito de mi alma, que jugueteé con el pensamiento como quien sueña despierto la posibilidad de una vida diferente.

Qué fácilmente se resolverían la mayoría de mis problemas. Pasaría de la infeliz casada a la feliz viuda ante la mirada comprensiva y lastimosa de la gente, los otros, aquellos espectros invisibles a los que tanto queremos complacer y de quienes tanto nos importa su qué dirán.

Nada de pleitos, nada de batallas de culpas y reproches, nada de papeleos legales y murmuraciones perversas en las esquinas sociales. La mujer viuda se erige, ante los otros, un peldaño por debajo de los santos y los mártires. La mujer divorciada, todavía, se baja desafiante del peldaño de esposa abnegada y doliente, estoica a pesar de todo, por gusto de todos y en contra de sí misma. No importan las causas que la llevaran a repudiar el anillo y dar la espalda a la sacra promesa.

El divorcio es la salida fácil de las fracasadas, aquellas que no tuvieron el valor y el coraje de luchar por su matrimonio. Si el marido era infiel, es que la mujer seguro no le prestaba atención. Si era borracho, entonces ella era intolerante, porque no le perdonaba esos “pecadillos” a los que tienen derecho de nacimiento los varones. Si el esposo se pasaba el día tendido frente al televisor, o de paseo con los amigos en unas vacaciones sempiternas, es que la mujer era demasiado ambiciosa, es que lo dejó al pobre cuando tenía una mala racha. Aún si esa “mala racha” duró lo que duró el matrimonio.

Yo no quería reconocerlo, pero sí: sentía una veneración culposa por los otros, por la masa sin nombre que conformaba la sociedad de la pequeña ciudad en la que nacieron mis hijos y donde he vivido tantos años. El orgullo no me permitía bajar la cabeza para ver mi propia miseria. Preferí, durante muchos años, vivir infeliz antes que fracasar en la santa encomienda que se deposita en la mujer al momento de casarse.

Así es que me busqué excusas para hacer de lado la posibilidad de vivir plena y tranquila. Jugué a ser buena, aguanté con tolerancia de santa los excesos carnales con prostitutas y pornografía. Pasé por alto la holgazanería descarada y cínica, e incluso acepté como válidos los reclamos de que pasaba mucho tiempo trabajando y muy poco en las diversiones mundanas. ¡Aburrida! Es que por eso no se puede estar contigo.

No fui honesta, porque permanecí a su lado mucho tiempo después de que había dejado de amarlo. Mi matrimonio nunca fue, en diecisiete años y medio, una relación sana o siquiera satisfactoria. Los problemas habían comenzado aún antes casarme, pero fui demasiado ingenua y demasiado cobarde como para parar de frente el frenesí de la boda inminente. Y una vez casada, me impuse un matrimonio infeliz como castigo por una mala decisión. Antes de faltar a mi promesa o de ser considerada un fracaso, tenía que hacer funcionar la relación aún a costa de mi misma.

Repito, no se cuándo fue la primera vez que deseé que mi esposo se muriera. Pero sé que fueron muchas veces las que el sólo asalto de ese pensamiento me liberaba, por un momento, de la aguda opresión que se había instalado permanentemente en mi pecho. Me veía a mi misma en el digno atavío de viuda, confortada por la reverencia amable y socialmente correcta debida a quien guardó su papel hasta el final. Si mi esposo moría, me ahorraría con ello las miradas furtivas, los susurros reprobatorios, la inevitable duda sobre mi reputación y motivos, la ceja levantada y el dedo acusador sostenido en alto. Y podría ser libre y feliz por fin, sin pisar jamás los juzgados ni cargar con la letra escarlata del divorcio.

Aún el dolor de mis hijos por la imaginada muerte de su padre me parecía menor al desgaste emocional que un divorcio intenso podría producir en ellos. Dolería, claro, pero podía pensar que la resignación llegaría, pronta y pacífica, y que el curso de sus vidas continuaría sin grandes cambios.  Después de todo, al ser yo el sostén económico de mi familia, si mi marido decidía morirse o largarse poco me afectaría. Y como el hombre tampoco estaba muy involucrado en la crianza de los hijos, y mucho menos en darme apoyo y calidez como pareja, en realidad no habría mucho que extrañar de él si de pronto desaparecía del mapa.

Tampoco sé cuántas veces la callada algarabía de una muerte anhelada me manchó el alma. Pero fueron demasiadas. Más allá de los enojos pasajeros de una pareja apasionada, la mía era una certeza seca y serena de que mi vida sería mucho mejor si no estuviera atada a quien era para mí más un lastre que un motor.

Hasta que un día, caminando sola en una tarde tibia y bulliciosa por el centro de Madrid, descubrí que lo demasiado se había encontrado con lo suficiente. Y con el paso de las semanas, llegué por fin a la certeza de que no pasaría un momento más de mi vida anhelando la muerte de otro para encontrar la vida propia. Finalmente fui valiente para tomar una decisión.

Tres meses después inicié los trámites formales de lo que eventualmente sería mi divorcio.

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